domingo, 10 de julio de 2011

Este 9 de Julio... es de mi hija.

La vida cotidiana se mete en la pasión por bloggear y hace mucho que no despunto este vicio. No me fuí, ojo. Estuve al tanto de todo lo escrito, lo dicho, lo tergiversado, lo importante, lo frívolo. Pero no pude devolver porque mi propia actividad me absorbía. La última hija, la pequeña, "el último orejón del tarro"... estrena hoy nido propio! Y lo biográfico vale, porque uno no puede dejar de comparar mis 25 años (ella y su novio los tienen) con los de esta joven mujer. Primero, nada de papeles hasta que no programen los pibitos y tengan la super-fiesta organizada. Impensado antes! Segundo, casa propia! Con hipoteca a pagar, pero... de ellos. Tampoco era común en mi época. Con trabajo los dos. Con carreras de estudio terciario los dos, con horarios terribles los dos, con derecho de piso laboral ya pagado los dos, con laburo blan´quísimo los dos. Con todos los chiches llenando la casa que con sus propias manos, y las de los amigos y familia, pintaron y pusieron a punto.
Estos hijos han nacido en democracia, en 1986. Es cierto que había hiper-inflación y que los golpes de Estado no los hacían los milicos: los propiciaban los que no podían esperar para ocupar un lugar en Balcarce 50. Y la gran mayoría del pueblo los apoyaba. Impacientes e ignorantes los ciudadanos. Desinformados. Colonizados y crédulos, se jugó todo al "deme 2" y al enamoramiento por lo importado, la entronización de lo europeo y lo yanki y el desprecio por lo telúrico y sudamericano.
Y nos fuimos al carajo. Y estos hijos tuvieron que cambiar de casa porque los padres debieron achicarse, porque el trabajo en la compañía petrolera estatal murió y el profesional de carrera tenía sus años y terminó siendo cuentapropista y... Y los hijos siguieron en la escuela pública y veían a la abuela llorar de impotencia porque su pensión congelada era recortada y tenía que aceptar ayuda de los hijos. Y los hijos no entendían muy bien porqué de repente, mamá usaba las cacerolas para golpearlas fuerte en lugar de hacer sopa. Y llegaron a una escuela secundaria pública, con los libros de Beatriz Sarlo para discutir con algunos profes más progres que empezaron a hablarles de otras realidades... y se recibieron, pero no hubo viaje a Bariloche porque las cuotas se triplicaban mes a mes y nadie las pagó. Y esta hija que vió a su padre, que ya no era Superman, con sus títulos y pergaminos amarrilleando paredes y aceptando cualquier trabajo que acercara un mango mientras los eternos y burocráticos trámites jubilatorios trajeran un respiro... buscó un empleo negro que le permitió estudiar en un terciario pago. Y ahorró, se esforzó, estudió convencida que, como sus padres, eso le permitiría un trabajo digno. Lo demás - el 2001, el infierno, el Eternauta, descubrir que mamá y papá iban a la plaza con una bandera por la Ley de Medios, que Latinoameríca no era una mala palabra, que podíamos ser descolonizados y ser soberanos otra vez - es conocido.
Y hoy, mientras miraba la casa de mi hija, la ví como a esta Patria recuperada: sólida, con historia de los ocupantes anteriores, de paredes blancas para escribir la historia nueva de mis hijos, con paredes protectoras y puertas abiertas.
Y estoy tranquila. Mis hijas no miran hacia Ezeiza... miran hacia adentro, proyectan, sueñan, comparten...
Tienen casa. Tenemos Patria.

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