sábado, 18 de septiembre de 2010

Somos los sub-70 y tenemos memoria

A veces no podemos evitar la anécdota autoreferencial. El disparador fue el comentario de una hija, treinta y tantos años. Charlando con una amiga de la misma edad y al contarle que sus padres son universitarios, la otra se asombró porque creía que la gente de mi generación ( somos sub-70) tenía pocos graduados en pareja. O sea, en los 70 la gente no se graduaba y si lo hacía, no se casaban? Error. O tal vez se trate de determinado target o lugar geográfico. Pero te ponés a pensar, a recordar y... se cae la ficha. Porque en las carreras "sociales"(psico, filosofía) muchas éramos mujeres y había mucha deserción, porque se casaban, se aburrían, se asustaban y también porque ahí se enseñaba a pensar, se leían autores que estaban en las antípodas del pensamiento occidental y cristiano que nos querían imponer a raja tabla. Y muchas de nosotras escondimos libros, no porque fuéramos militantes ni revolucionarias ni siquiera estábamos muy informadas de lo que pasaba en la otra cuadra del barrio, allí donde de pronto la familia se había mudado sin despedirse de nadie, vió? Escondimos los libros porque eran "nuestros", porque nos hacían pensar, porque mostraban otro mundo, porque algún noticioso mostraba el mayo francés y queríamos hacer nuestro el PROHIBIDO PROHIBIR. Y entonces, las promociones eran de poca gente. Y los que egresaban de carreras tecnológicas, mayoritariamente hombres, tenían pocas opciones laborales adentro del país. Y había que tener claro que emigrar era el camino para ejercer la profesión o, quedarse, colgar el título en el living de los padres y hacer otra cosa para solventar el devenir de la adultez.
Nosotros, el negro y yo digo, nos recibimos. Y nos quedamos. Hicimos papeles para emigrar a Canadá y/o Australia, que eran la meca del progreso y del sueño americano de los 70. Pero cuando llegaron las visas, uno se miró con el cumpa y dijo náááá´! Y ya estábamos metidos en la Patagonia, habíamos parido hijas en las soledades fueguinas, era normal tomar el avión para llevarlas al pediátra, comer verduras deshidratadas y palear la nieve de la entrada antes de salir. Y mientras, el país se fagocitaba a sí mismo y nosotros, que nunca habíamos militado ni teníamos partido político (yo todavía nunca había votado !!!), leíamos Clarín ( que llegaba una semana atrasado) e internalizábamos el dogma. No había con qué confrontar ni comparar. No había información. Yo estaba allá cuando los milicos de acá quisieron que nos matáramos con los chilenos... y nos mirábamos sin saber que hacer: si compartíamos todo: trabajo, escuela, club, clima, todo! Porque los compatriotas argentinos de las provincias del centro y norte podían morirse de hambre, pero no se dignaban doblar la cintura en esa YPF que sacó oro negro, al mismo tiempo que abrió caminos, construyó barrios, escuelas, hospìtales en lugares que ni figuraban en el mapa. Y eran los "chilotes", los chilenos huídos de su propia tragedia los que cavaban pozos y compartían el pan.
Y estaba allá cuando al delirio etílico se sumó  la sociedad civil manipulada, adoctrinada, tan ignorante y tan desinformada y el grupo de eternos empresarios  hambrientos de poder y mandaron imberbes sin instrucción militar munidos de escopetas para pelearle a los ejércitos más entrenados y equipados del planeta.
Y estaba en Salta cuando había que "demostrar" que la empresa daba pérdidas y estaba llena de inútiles empleados del Estado y así poder venderla a precio vil y seguir el proceso post dictadura militar, completando la dictadura empresarial y periodística que terminaría de quebrar el país.
Y vuelvo a la amiga de mi hija. Y su asombro, porque lo que mi hija contaba de su infancia en esos lugares y la trayectoria paterna-materna se contraponía con esta realidad actual, donde cualquiera puede decir, pensar, averiguar, comparar, opinar lo que le venga en ganas y hay la libertad y el albedrío para hacerlo. El límite es la propia voluntad y la responsabilidad. 
Cuando los Kirchner la pelearon en Río Gallegos, nosotros estábamos en Pico Truncado y Comodoro Rivadavia. Nunca nos cruzamos. Pero entiendo su fuerza, su temple para enfrentar cada ataque y cada injuria. Aquélla no es tierra de pusilánimes. Tampoco fuimos héroes. Hicimos lo que pudimos y como pudimos. Y tengo claro que con buena voluntad e intenciones no se ganan batallas: mi generación no quiso dejar tras de sí un tsunami, pero desconocíamos otro escenario.
Por eso, no me asustan los pibes en las calles. Están desmadrados porque son adolescentes, pura adrenalina y hormonas. Y tal vez, algun adulto se esté aprovechando un poco de eso. Pero van a hacer pié, son el futuro cercano con formación, con escuela, con padres acompañando,con una sociedad que los incluye y los necesita. 
Me asustan los buenos modales y las costumbres educadas de la "noche de los lápices" y la de "los bastones largos".
NUNCA MAS.

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